—Nada menos que eso, señor, nada menos: pero os ruego que mireis bien lo que me pedis, aunque no sea mas que por el apuro en que me poneis: si supiérais quiénes son vuestros inquilinos...

—Me estan dando ganas de probar por mi mismo lo que haya de terrible en esa gente.

—Y que me place señor Diego Lopez, id vos, y ved... contadme despues si yo tenia razon para negarme, es decir, para poner dificultades... en fin, id vos y contadme.

—¿Tendremos aquí otro misterio como el de la reina mora?

—Sentaos, señor Diego Lopez; sentaos y escuchadme, que por media hora mas ó menos no se descompone ningun negocio.

Sentóse Aben-Aboo, un tanto interesado á su pesar por los misterios del rapista, y este, tomando otra silla, se encaramó en ella, puso sus piés en el primer travesaño, sus codos en sus rodillas y su barba entre sus manos y en esta actitud en que á nada se parecia tanto como á un mono, dijo:

—Hace un año vuestro honrado negro Agar, que venia á mí casa á tomar leccion de vihuela á que era muy aficionado, y para cuyo instrumento...

—Maese, si empezais asi, yéndoos del camino de vuestra relacion por las orillas, y á cada paso, no acabaremos nunca.

—Pues si señor, bien; dejando á un lado, á la orilla, como vos decis, la vihuela, vuestro esclavo Agar, á quien conocí...

—Mi esclavo Agar, exclamó con cólera Aben-Aboo, merecia quinientos azotes por haber pensado en vos para encargaros ningun asunto mio. Lo que yo quiero saber es qué clase de gente vive en mi casa, por qué razon es tan temible como decís y concluyamos.