—¡Que sabeis...!
—Si por cierto: fue vuestro amigo el marqués de la Guardia.
—¡Que rondaba la casa de la hija del emir...!
—Y vió entrar al príncipe y tuvo zelos.
—¡Ah! pero cuando tanto sabeis, quién sois....
—¿Que quién soy yo...? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo mismo. Oid; unas veces soy jóven: otras viejo: suelo llamarme príncipe, ó caballero, ó rufian, ó comediante: unas veces tengo un nombre, otras otro: Angélica me conoce demasiado bajo otra forma: ¿pero preguntadle si conoce á Salvador Godinez? ¿si sabe quién es? De seguro que no piensa que yo soy una moneda falsa. Yo sé cambiar de semblante, de cento de edad, aun de estatura: sé adaptarme á todas las condiciones. Ya me habeis visto representar....
—Y lo haceis á las mil maravillas. He tenido zelos de vos.
—No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famosísimo Cisneros, la delicia de las damas de la córte, que lloran vuestra ausencia, y la admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cómico que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo, entre las gentes. Tan cómico soy que Angélica, vuestra adorada Angélica, que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece á un tiempo; que sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni de propósito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que se la acercase, no desconfia de mí, y me cree simplemente Salvador Godinez, comediante y autor de la compañía del señor Andres Cisneros.
—¡Qué, amais á Angélica! exclamó Cisneros que solo esto habia oido de las últimas palabras de Godinez.
—¡Que si la amo! ¡sino la amara viviria!