—En ellas está mi señorio de Válor.
—Sin embargo le hice reparar en lo mucho que favorecíais á los moriscos: que de contínuo recibiais visitas recatadas de Bartolomé de Barredo, de Diego Alguacil, de los principales promovedores de motines que tiene Granada...
—¡Ah! ¡Diego Alguacil os lo ha revelado todo!
—Para contestaros será necesario que me contesteis á la pregunta que voy á haceros. ¿Sabeis quién soy?
—Diego Alguacil me ha dado cita para esta noche á este sitio á nombre de la Dama blanca de la montaña.
—¿Y sabeis quién es la Dama blanca de la montaña?
—¿Lo sabe alguien señora? dijo con anhelo don Fernando. ¿Sabe alguien acaso si la aparicion divina que hace algunos meses y con mucha frecuencia, recorre las montañas de Cádiar, ya bajo la blanda luz del alba, ya bajo los plateados rayos de la luna, es un espíritu ó una realidad, la sombra de la sultana Zoraya como creen muchos, ó Amina, la hermosísima hija de mi noble tio el emir de los monfíes de las Alpujarras, Yaye-ebn-Al-Hhamar? ¿Conoce alguien al emir?
Su brazo se siente, pero su rostro no se ve. ¿Conoce alguien á mi prima Amina?
Dicen que es hermosa como un lucero y pura como el sol.
—¿Y quién os ha dicho eso?