—Algunas veces he ido á la montaña á ponerme al paso de la Dama blanca á vuestro paso señora; siempre me ha detenido un monfí: «no paseis adelante» me ha dicho y cuando le he preguntado quién era esa Dama blanca me ha dicho: «Esa dama es la niebla.»

La Dama blanca se echó á reir.

—¿Os reís? exclamó picado don Fernando.

—Me rio porque los monfíes son ingeniosos. En efecto la niebla por la mañana y por la noche, vista de lejos orlando las cumbres de las montañas puede tomar formas muy caprichosas: puede parecer ya una dama ya un monstruo. ¿No creeis que el vulgo es muy propenso á dar forma y nombre á lo que al acercarnos á ello desaparece?

—Pero el vulgo, respecto á vos no se ha engañado, porque os tengo delante de mí, con vuestra divina apostura, y vuestras vestiduras de sultana.

—Podía haberse engañado el vulgo.

—¡Ah y cuanto me ha hecho sufrir esa blanca aparicion!... porque yo preguntaba siempre que un monfí me detenia: «¿es por acaso esa dama la hija de vuestro emir?» y el monfí me contestaba: «bien pudiera serlo, porque la sultana Amina, segun dicen los que la conocen, es hermosa como una huri.» Y siempre que el monfí decia esto, suspiraba, porque teneis el privilegio de ser amada antes de ser conocida.

—Segun eso, ¿creeis que yo sea la sultana Amina?

—Lo creo, señora, lo creo, porque me lo está diciendo á voces el corazon.

—Pues bien, no os engañais, yo soy vuestra prima Amina, la hija del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar, la sultana de los monfíes de las Alpujarras.