—¿Y para qué me habeis llamado? exclamó alentando apenas don Fernando.

—Mi padre, que tiene muchos motivos para ser severo con vos, no ha querido hablaros, y me envia á vos como intermediaria.

—¡Ah!

—Sí, es preciso que sepamos si podeis ser proclamado rey de Granada.

—Los moriscos me elegiran esta misma noche por su rey, dijo con un acento impaciente y un tanto duro don Fernando: hay una profecía...

—Sí, sí, sabemos la superchería de que se ha valido vuestro tio Aben-Jahuar el Zaquer, comprando á cierto faquí embustero, que pasa por santo entre los moriscos de Granada, á fin de haceros triunfar de las pretensiones que tiene á la corona de Granada nuestro primo Aben-Aboo, lo sabemos todo: mi padre está enojado con vos por vuestra conducta licenciosa, pero os ama, del mismo modo que ama á Aben-Aboo; al fin y al cabo entrambos sois sus parientes. Mi padre, pues, ha dejado correr los sucesos, pero como la rebelion de los moriscos de Granada no puede hacerse sin la ayuda de los monfíes de las Alpujarras, como sin esa rebelion ninguna esperanza tendriais de ser rey, como mi padre el emir no tiene mas descendiente que yo... una mujer...

—¿Ha pensado tal vez en ceñirme una doble corona dándome la del amor al hacerme vuestro esposo?

—Eso no puede ser, primo, contestó dulcemente Amina.

—¡Ah! no me amais.

—Ni puedo amaros.