—Y si nuestro casamiento es imposible, dijo con una cólera mal encubierta don Fernando, ¿para qué me habeis llamado, señora?
—Si nuestro casamiento es imposible, no es imposible el de nuestros hijos.
Don Fernando marchaba de sorpresa en sorpresa.
—¡El de nuestros hijos! exclamó.
—Si, de la misma manera que vos teneis un hijo, yo tengo una hija.
—Explicaos, explicaos mejor, señora.
—Voy á explicarme. Pero primero quiero haceros algunas preguntas. ¿Sabeis de quien desciendo?
—Dícese que descendeis de Boabdil.
—¡Oh! no ha querido Dios que yo descienda de traidores. Si en vez de ocupar el trono de Granada Boabdil, cuando la acometieron los reyes de Castilla y Aragon, le hubiera ocupado mi padre, Granada no seria esclava de los cristianos, sino la poderosa reina de Occidente, altiva con su poder y su hermosura.
—¿Quienes han sido, pues, vuestros abuelos? dijo con cierto sarcasmo don Fernando.