—Mi sangre viene de las sangres mas ilustres del mundo. Oid. Cuando Granada era todavía una ciudad musulmana, el rey Abul-Hacem, el viejo, prendió en la frontera á una doncella. Aquella doncella era hija bastarda del condestable de Castilla, el poderoso, el invencible don Alvaro de Luna. Despues de la desastrada muerte de aquel magnate, su hija bastarda, habida en una judia, doña Judid de Sotomayor, en fin, fue cautivada por los ginetes del rey Muley-Hacem, y conducida á una torre de la Alhambra. Aquella torre se llamó desde entonces la torre de la cautiva. Vió el rey á la castellana, se enamoró de ella, y fuese por amor ó por violencia, doña Judid fue suya. Un año despues, la cautiva murió dando á luz un niño. Aquel niño fue años adelante, el caudillo mas valiente de Granada, porque aquel niño, que tenia en sus venas la valiente sangre de dos héroes, se llamó el emir Muza-ebn-Abil-Guzan, hermano bastardo del rey Boabdil. ¿Y sabeis don Fernando lo que se hizo del emir Muza, despues de la conquista de Granada?

—Los historiadores moros, dicen, que no queriendo ser testigo de la deshonra y de la destruccion de su patria, desapareció antes de la rendicion de Granada, y añaden que no se volvió á saber de él.

—Es verdad, Muza desapareció, pero seguido de sus valientes ginetes y de sus esclavos, se ocultó en las montañas de las Alpujarras desconocido para todo el mundo, y fue el primer emir de los monfíes. Sabeis ya mi ascendencia paterna, oid mi ascendencia materna: mi madre era hija del rey del desierto de Méjico, descendiente de los ascendientes del emperador Motezuma.

—¡Ah! no puede negarse que vuestra descendencia es ilustre; pero, ¿por qué no vanagloriaros tambien de que vuestro abuelo era hermano de mi abuelo? ¿por qué no decir con orgullo que teneis sangre de los Abderramanes?

—Sabéislo vos que sois mi pariente, y con vos estoy hablando. Ahora bien, el derecho de mi padre al trono de Granada, es incontestable.

—¿Y por qué no le reclama? dijo con altivez don Fernando.

—Mi padre quiere robustecer con la alianza al pueblo moro de Granada, en vez de debilitarle con la desunion. Mi padre renuncia en vos todos sus derechos, pero con algunas condiciones.

—¿Y esas condiciones?

—Estan escritas en este pergamino, firmadas y selladas por mi padre.

—Pero es imposible leer: la luz de la luna no basta.