—Cada vez os comprendo menos.
—Ya se vé: mi padre ha acudido secretamente á las necesidades de esa desgraciada, á la que nada absolutamente falta, mas que el amor de su esposo: mi padre ha hecho de modo que Isabel cree que atendeis á su subsistencia y á la de vuestro hijo, y vuestra pobre esposa se cree desgraciada, y sufre, pero os cree caballero y os respeta.
—¡Ah! exclamó don Fernando.
—Por lo demás, las pruebas de vuestro casamiento con Isabel de Rojas y las de la legitimidad de vuestro hijo Ben-Yaschem, existen. Mi padre ha contado con ello, y teniendo vos un hijo y yo una hija, ha creido que todas las diferencias que podrian mediar entre nosotros por causa del derecho á la corona de Granada, pueden salvarse por estas capitulaciones. Leedlas, primo, y firmadlas ó rechazadlas, pero contestadme definitivamente, para que mi padre pueda obrar en consecuencia.
Don Fernando desenrolló el largo pergamino que Amina le entregaba, y vió que estaba escrito primorosamente en árabe: su contenido era el siguiente:
«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso, dador de la vida y de la muerte, estas son las capitulaciones de alianza entre el emir de los monfíes de las Alpujarras, el fuerte y vencedor, y el elegido de Dios Muley Aben-Humeya, rey de Granada.
Primeramente: el emir de los monfíes, Yaye-ebn-Al-Hhamar, renuncia á todos los derechos que pueda tener y tenga á la corona de Granada, en su sobrino Muley Aben-Humeya.
Segundo. Muley Aben-Humeya, se obliga por su parte, á casar su hijo único Ben-Yaschem, con Kinza, hija de la sultana Amina, hija única del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.
Tercero. En el caso de que por la voluntad de Dios, muriesen Aben-Humeya ó Yaye-ebn-Al-Hhamar, el que sobreviva, mandará en los dominios del otro, durante la menor edad de sus hijos Ben-Yaschem y Kinza.
Cuarto. Si alguno de estos dos muriese antes de poder contraer matrimonio, se consideran rotas y de ningun valor estas capitulaciones.