—La palabra de Dios ha resonado entre nosotros, dijo con acento solemne Abul-ben-Eden, levantándose: ¿quién es el imprudente que se atreve á blasfemar de la palabra de Dios?
—¿Y qué crédito puede mereceros un artificio que cualquiera puede haber inventado?
—¡Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema! exclamó con acento indignado el faquí: ¡hay del impío que blasfema de los profetas de Dios!
—El reino es libre para elegir su rey, Farax-aben-Farax, exclamó el emir bajando de su trono: y mientras yo lleve espada al costado, nadie se atreverá impunemente á contrariar la voluntad del reino. ¿Hay alguno que se atreva á imponernos aquí su voluntad?
Todos callaron.
Yaye revolvió en torno suyo una mirada amenazadora, que acabó por fijarse en Farax. Este se hizo atrás murmurando sordamente como un mastin á quien su amo arrebata de los dientes una presa, y le amenaza con un palo.
Yaye volvió al diván.
—Puesto que ya habeis oido esa profecía; puesto que estais decididos á elegir rey, consultad entre vosotros; escribid cada uno en un papel el nombre del elegido, y entregad ese papel doblado á los secretarios.
Todos se levantaron y se dividieron en grupos; Yaye hizo á Farax señal de que se acercase.
El tremendo morisco se acercó hosco y sombrío, y Yaye estuvo hablando con él largo tiempo en voz baja.