—Os juro que...
—Déjame continuar. Yo me habia olvidado enteramente de tí: pero hace algun tiempo, la casualidad y el empeño de una mujer, ha vuelto á unirnos.
—Pero si os digo...
—Hace cuatro meses, que la conducta de mi cuñada doña Elvira de Céspedes me tiene cuidadoso: recibia en su casa de Válor y á horas desusadas, hoy á este, mañana al otro hombre desconocido. Doña Elvira no podia tener amores con ellos, porque eran de tu estofa: pero por medio de ellos podia tratar de amores con otro: hace algunos dias, aceché á uno de estos mensajeros, le salí al camino y supe que te traia una carta; yo no quise tocar á aquella carta, pero quise saber quién eras tú: me dijeron que eras sacristan de la iglesia de Cádiar, y vine, te ví, y te reconocí: entonces y antes de hablar contigo, quise saber si descubria en tu vida algo que pudiese obligarte á servirme. Fuí á Granada, pregunté, y averigüé que hace cinco años habias sido condenado á galeras por diez; luego, eres un gallote escapado, Barbillo, y si te niegas á servirme, te delato, te pierdo, porque á los galeotes huidos se les ahorca cuando se les coge.
Echóse á temblar Barbillo.
—Pero nada te acontecerá si me sirves bien, añadió Aben-Jahuar.
—Vamos, está visto que nada se os puede negar y os serviré en cuanto querais, don Fernando, dijo el galeote escapado.
—Y yo te pagaré. Pero los tiempos no estan para estar muy despacio en la calle, y es necesario que busquemos un lugar donde nadie nos vea.
—¿En qué posada vivís? porque vos sois forastero en Cádiar.
—Vivo en el meson del Cojo.