—Iré.
Separáronse los dos antiguos conocidos, y Aben-Jahuar, bajando por unas pendientes y torcidas callejuelas, llegó á la entrada del pueblo á un meson miserable.
—Ahí está esperándoos hace una hora, el señor Diego Lopez, nuestro vecino, dijo un viejecillo cojo.
—¡Ah! mi sobrino Aben-Aboo, exclamó de una manera ininteligible Aben-Jahuar. Ya era tiempo.
Y entró, subió unas escaleras, atravesó unos corredores, y entró en un aposento.
Sentado junto á un brasero con fuego, habia un jóven.
Era Aben-Aboo.
Tan distraido estaba, que no reparó en que otra persona habia entrado en el aposento: miraba á través de una ventana abierta y desguarnecida de vidrieras, á unas breñas cercanas que estaban enteramente cubiertas de nieve, y entre cuyas quebraduras se veian otras cumbres.
Ibale á hablar su tio, cuando Aben-Aboo se levantó, se fué á la ventana, y miró con grande interés hácia fuera en direccion á una cumbre que se veía entre un rompimiento de las breñas.
—¿Qué será lo que llame de tal modo la atencion de mi sobrino? dijo para sí Aben-Jahuar; y permaneció inmóvil.