—No, pero pretendo tener tan buenos ojos como tú.

—No os comprendo.

—Estoy viendo desde aquí, dijo Aben-Jahuar extendiendo el brazo hácia la cumbre á donde antes habia mirado Aben-Aboo, dos hombres que llamaban hace poco tiempo tu atencion: el uno tiene una capa parda, y el otro una capa gris. Entrambos miran con la misma atencion con que tú los mirabas, á la atalaya donde vives, y desde la cual no pueden ser vistos.

—¡Ah! ¿habeis reparado eso?

—Como lo has reparado tú.

—¿Y qué interés creeis que puedan tener aquellos dos hombres en mirar á mi casa? dijo con negligencia el jóven.

—Veo con disgusto, sobrino, que me tratas con doblez, dijo Aben-Jahuar.

—No, no por cierto; decid mas bien que vos sois receloso.

—Me ha hecho receloso la experiencia: ademas de eso, de algun tiempo á esta parte, no te reconozco: eras mas confiado, mas sincero: has contraido con tu familia una reserva...

—No hago mas que pagarla en la misma moneda.