—Has pensado en ser rey de Granada.

—Creo que tenia derecho para pensar así; pero desde el momento en que el reino ha elegido á mi noble primo Aben-Humeya, le he recibido por rey y le he prestado homenaje: y si á eso vamos vos tambien...

—¿Qué quieres suponer? exclamó con cuidado Aben-Jahuar.

—¿No pretendeis casaros con vuestra cuñada, con mi tia, doña Elvira?

—¡Oh! si... la amo, la amo hace muchos años.

—Bien puede ser porque doña Elvira es muy hermosa... ¿pero no podria tambien suceder que pretendiérais apartarla de su hijo, sin suscitar á este dificultades, envolverle en un lazo y alzaros con el reino...?

—Te repito que no te conozco, Aben-Aboo.

—Si, es cierto, vos creiais que yo era un mancebo inexperto, confiado, sobre quien su madre tenia una potestad absoluta...

—Tu madre no es ambiciosa, tu madre no quiere la guerra: tu madre tiembla de que esa guerra se empieze.

—Harto lo sé.