—Ahora es necesario que te vayas, dijo este á Aben-Aboo: Espero á una persona que no quisiera te viese conmigo.

—Pues entonces adios, tio.

—No te olvides de ir esta tarde á puestas del sol, á las quebraduras de la rambla de los Ciegos: yo iré tambien. Adios.

Aben-Aboo, salió, y poco despues, su tio le sintió bajar por las escaleras.

—Hé ahí un sobrino de buena raza, dijo Aben-Jahuar cuando se hubo quedado solo. Es valiente y cruel, y sobre todo ambicioso: en mejores manos no podría haberse puesto lo de Cádiar. Esta noche se verá claro en las calles aunque no haga luna.

Y se puso á pasear meditabundo á lo largo de la habitacion.

Como se vé, el amor hácia su cuñada doña Elvira, y su anhelo por poner las cosas á punto de que él fuese la única cabeza de la rebelion de los moriscos, hacian meditar á don Fernando de Válor ó Aben-Jahuar, horribles crímenes: para llegar á su objeto era preciso que se ensangrentase en su misma familia, que matara á sus sobrinos; que desgarrase el corazon de su hermana, y que hiciese caer en un lazo traidor y horrible á Yaye, su pariente tambien, pariente generoso que le habia dado continuamente oro y proteccion, y á cuya influencia debia el no haber muerto en galeras, ó á lo menos en un encierro como murió su hermano. Pero Aben-Jahuar queria poseer el amor de doña Elvira y la corona de Granada, y nada le detenia en su terrible paso hácia aquellos objetos: ni aun la sangre de los suyos.

Oyéronse pasos en el corredor, se acercaron, se entreabrió la puerta, y una voz clerical, dijo:

Deo gratias.

—A Dios sean dadas, contestó don Fernando.