Poco despues, maese Barbillo, el galeote escapado, el sacristan de la iglesia parroquial de Cádiar, estaba de pié y caperuza en mano, delante de Aben-Jahuar.

CAPITULO XVI.

De qué manera servia á quien le pagaba, Maese Barbillo.

Miróle este por un momento fijamente.

—¿Has concluido ya tus negocios? le preguntó.

—Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced, porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la Inquisicion, y qué sé yo cuántas cosas.

—Bien, siéntate.

—Estoy así bien, señor.

—Siéntate.

Barbillo se sentó.