—Es que Aben-Humeya y Aben-Aboo, son sus sobrinos.
Estremecióse Yaye al escuchar el nombre de sus hijos, y repitió sin embargo.
—No importa: escúchame bien: en Cádiar tenemos ahora mismo un inquisidor infame, un beneficiado hipócrita y cruel, un capitan de infantería aventurero y asesino; una compañía de arcabuceros, un convento de frailes; un corregidor, y una bandada de alguaciles: cerca á la redonda á Cádiar: que no pueda salir ninguno de esas gentes; que cada breña, cada piedra, cada mata, oculte á un monfí.
—Cercaré la villa, señor, y no saldrá ni una mosca de ella.
—Pero cércala bien: con gente sobrada, y de modo que nadie pueda verla.
—Asi lo haré, señor.
—Solo dejarás pasar por el camino de Yátor, al beneficiado Juan de Ribera, y al sacristan Barbillo.
—¿No sabeis, señor, que ese Barbillo es el amante con que ahora se entretiene mi infame hija?
—El beneficiado y el sacristan volverán á Cádiar: cuenta Ferih con que les acontezca algo en el camino.
—¿Y si fuese con ellos alguna otra persona?