Adelantó Angiolina, y posó una mirada serena y altiva en el inquisidor.
—¡Ah! ¡ah! hénos aquí otra vez frente á frente, señora princesa, dijo con sarcasmo Molina de Medrano: por cierto que no esperaba yo volver á ver á vuecencia tan lejos de la córte y entre tales parientes.
—Yo no tengo aquí ningun pariente, contestó con altivez Angiolina; aquí no hay ningun Visconti. Pero como soy viuda...
—¡Ah! ¿ha muerto el señor príncipe?
—Si señor: mi salud requeria el aire de las montañas, y lo repito, como soy viuda y jóven, al venir á parar casa de mi buena amiga doña Isabel, convinimos en que pasaria por su parienta.
—Es extraño que os hayais venido á tomar los aires en una tierra por donde anda sin duda vuestra antigua amiga la duquesa de la Jarilla con su noble padre, y donde ademas se encuentra otro vuestro grande amigo, el señor marqués de la Guardia.
—Creo que no sean estas cosas para tratadas en un templo, dijo con altivez Angiolina.
—Teneis razon, estos asuntos deben tratarse en otra parte; por lo mismo, tened la dignacion de esperar, señora, á que yo concluya la importante comision que traigo. Seguid, añadió el inquisidor, mientras Angiolina se retiraba al escaño donde estaban sentados doña Isabel y Aben-Aboo.
—Mariblanca, morisca, que antes de convertirse se llamaba Alida, hija de Melik el Ferih.
Adelantó Mariblanca con su resplandeciente hermosura y su bello trage de montañesa alpujarreña.