Mariblanca saludó al inquisidor, salió, y dijo al pasar, al capitan Diego de Herrera, que estaba en la puerta de la iglesia.
—Que no te olvides de que te espero esta noche Diego.
—Esa muchacha está loca por mí, dijo el capitan, acariciándose el vigote.
Entre tanto, Barbillo habia llamado á Tomás el Ansari, morisco bautizado.
Adelantó humildemente el anciano.
Examinóle minuciosamente Molina de Medrano, pidió informes de él al beneficiado, y cuando estuvo convencido de su cristiandad y buenas costumbres, le pidió por su familia.
—Estoy solo en el mundo, señor, contestó el xeque; mi esposa murió, mis hijos han muerto, y dos nietos pequeñuelos que me quedaban, han sido llevados á Castilla para criarlos en los hospicios del rey.
—Su magestad quiere que todos sus vasallos sean buenos católicos, y ha mirado por el alma de vuestros nietos.
—Dios se lo pague á su magestad, señor, contestó el Ansari.
Y se retiró.