—¡Malicatulzarah![24] dijo el sacristan.
Adelantó una hermosísima mujer, muy jóven, como de veinte años, vestida con el trage morisco, y llevando de la mano un niño como de ocho años, y una niña como de siete, igualmente vestidos á la morisca.
—¿Cómo os atreveis á presentaros asi en la iglesia, y delante de mí? dijo el inquisidor á la pobre joven que temblaba.
—¡Ah, señor! somos pobres y no tenemos dinero para comprar vestidos castellanos.
—¿Que sois pobres, y vestis sayas de lana fina, y gastais cadena de oro y arracadas de plata?
—Estas joyuelas eran de mi madre y las conservo por su amor.
—¿Y esos niños?
—Son mis hijos.
—¡Vuestros hijos!
—Si señor, soy casada.