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Sin ningun nuevo accidente, comiendo cuando querian, durmiendo por entretenimiento, y fastidiándose mas de lo que hubieran querido, pasaron amo y criado, desde el anochecer del martes veintiuno de diciembre, hasta el medio dia del viernes veinticuatro.

Apunto que el sol señalaba el medio dia natural en un cuadrante, situado en el mirador que daba sobre el jardin, apareció de improviso en la cámara el esclavo negro, y presentó al marqués inclinándose profundamente, una carta en una bandeja de oro.

Tomó el marqués la carta, la abrió, y vió con suma sorpresa, que era de su tio don César de Arévalo, de quien hacia mucho tiempo que no tenia noticias.

La carta era brevísima.

«Mi amado sobrino decia: os estoy esperando con suma impaciencia; tengo muchas cosas que deciros, y una grave comision que desempeñar con vos. Seguid al dador de esta y me vereis.—Vuestro tio.—Don César de Arévalo.»

—En esta carta me dicen que os siga, dijo el marqués al esclavo.

—Y yo tengo órden de guiar al señor á donde le esperan, contestó el esclavo.

—¿Es decir que salimos de nuestro encierro? dijo Peralvillo.

—Vos no, repuso el esclavo, y salió precediéndo al marqués, despues de lo cual cerró la puerta.