—¡Gracias á Dios! asi tendremos misa del gallo.

—A la que me alegraría mucho que asistieseis: celebrará el señor inquisidor Medrano: yo seré diácono y el licenciado Arias subdiácono: tendremos villancicos en que cantará con su hermosa voz... una dama que vos apreciais mucho, y otra señora que ha venido á su casa...

—Doña Isabel de Válor, ¿y la otra?

—Una gran señora.

—¡La princesa Angiolina Visconti..! Os prometo ir.

—Con vuestra noble hija.

—¿Conoceis vos á mi hija?

—No señor, pero he oido ponderar su virtud y su hermosura.

—Mi hija no está aquí en estos momentos.

—¡Qué desgracia!.. pero en fin, os tendremos á vos.