—Aquí dice: la excelentísima señora doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla, grande de España, hija del excelentísimo señor don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla.
—Es que yo soy ese.
—¿Pero no sois entonces el emir de los monfíes?
—Tambien lo soy; para que os aclare mas dudas, preguntad al inquisidor Medrano, ya que le teneis en la villa, y aposentado en vuestra casa, quién es el duque viudo de la Jarilla: él me conoce bien.
—¡Ah!
—Lo que importa es que firmeis estos documentos, porque se va haciendo tarde, y teneis que volver antes de la noche á Cádiar.
Juan de Ribera firmó.
Yaye guardó de nuevo las dos partidas, y dijo:
—Vamos y terminemos. Casareis á mi hija, bautizareis á mi nieta, y despues haremos delante del sacristan la farsa del bautismo de Melik-el-Ferih, del padre de vuestra ama.
—Vamos á donde querais, señor.