Yaye y el beneficiado desaparecieron por una puerta.
Pasó una hora, y maese Barbillo fue llamado.
Atravesó la cámara acompañado de un lacayo y desapareció por otra puerta.
Media hora despues, el lacayo y Barbillo volvieron.
—Es mucha, mucha, la caridad cristiana de don Alonso, dijo con cierto intencionado sarcasmo Barbillo al atravesar la cámara: pero creo que ese buen Ferih no está tan gravemente herido como dicen. ¿Eh? ¿qué decís vos?
—Digo, contestó el lacayo, que no era otra cosa que un monfí, mirando fijamente á Barbillo, que jamás me entrometo en las cosas de mi señor.
Y salieron por otra puerta.
Apenas habian salido, cuando entraron de nuevo en la cámara Yaye y el beneficiado.
—Ya que habeis casado á mi hija, y bautizado á mi nieta, le dijo Yaye, cuidad de que nadie sepa lo que aquí ha sucedido. Mi hija debe aparecer casada en la fecha que consta en la partida de desposorios. Nadie ha asistido á la ceremonia, mas que mi familia: si esto se sabe... vos lo habreis dicho... y entonces...
—¡Oh! descuidad, descuidad, señor, contestó todo humilde el beneficiado.