—Bien: obrando asi obrareis prudente: ahora idos: ya el sol desciende y es necesario que llegueis á Cádiar antes de la noche. Algunos de mis criados os acompañaran hasta la entrada del pueblo, id.

El beneficiado se dirigió á la puerta.

—Se os olvida eso, dijo Yaye, señalándole el dinero que estaba sobre la mesa.

El beneficiado, con vergüenza, no de recibir el dinero, sino por la manera con que lo recibia, guardó el oro en sus bolsillos.

Despues salió con Yaye que le precedia, con las muestras de la mayor distincion y amistad.

Poco despues, Yaye entró de nuevo en la cámara.

—Ha sido necesario, dijo, confiar á ese miserable, para que no hable una sola palabra: difundido este secreto, cualquiera que por casualidad escapase, podria llevarlo á oidos tales, que perjudicasen á mi hija!... ¡Mi hija! ¿puede hacer un padre mas sacrificios que los que yo he hecho por Amina?

Yaye se pasó la mano por la frente, como si hubiera querido arrancarse de ella una horrible pesadilla.

—¡Cúmplase la voluntad de Dios! exclamó.

Y luego dirigiéndose á una puerta, la abrió y llamó.