—¡Suleiman!
Presentóse el mismo monfí jóven que habia burlado un año antes en Madrid al inquisidor general.
—¿Qué me mandais, magnífico señor? dijo.
—¿Has mirado bien á ese clérigo? le preguntó.
—Le conocería aunque pasasen muchos años, y le viese entre mil.
—¿Y al que le acompañaba?
—Si señor.
—Es necesario que esos dos hombres mueran.
—Morirán, señor.
—Vete, y di á mi wazir Harum, que le espero.