Fuése Suleiman, y á poco entró Harum.

Yaye se encerró con él.

CAPITULO XXII.

Lo que hicieron contra el emir Aben-Aboo y Aben-Jahuar.

Aquella misma tarde, un jóven con un trage sumamente pintoresco, y con una escopeta al hombro, atravesaba por el áspero desfiladero de una montaña próxima á Cádiar.

El trage de este jóven, consistia en un gorro ó bonete de granada, una chaquetilla de colores vivos, y adornada con alhamares y bordados de plata; una camisa sin cuello, bajo una chupa del mismo color que la chaqueta (jaqueta la llamaban los moros); una faja de seda sobre la chupa, y unos calzones anchos, cortos hasta la rodilla, abiertos por abajo, cuadrados en su abertura, y en las piernas unos botines de grana bordados.

Llevaba ademas sobre la faja un cinto con dos bolsas, llenas la una de balas de hierro, y la otra de pólvora: en el cinto dos largos pedreñales ó pistoletes, y un puñal; pendiente del cinto con dos cordones de seda, un alfange berberisco, y sobre el hombro un albornoz de lana, listado á anchas franjas negras y blancas.

Este jóven era Aben-Aboo.

Con su bello trage morisco, su fisonomía se habia completado: era el infante de Granada, brabío y valiente, con el sello característico de su raza fijo en el semblante, y la expresion sombría y amenazadora del oprimido, que tras largos años de paciencia, se levanta ante su opresor.

Era á punto que el sol se ponia, el cielo hasta entonces limpio y despejado, empezaba á cargarse de oscuras nubes hácia el Norte, y allá entre los altos picos de Sierra Nevada se escuchaba rodar el trueno á lo lejos: frias ráfagas de viento pasaban silbando entre los brazos desnudos de las encinas y las peladas rocas, á las que se veia acudir las águilas para preservarse en su profundo nido de la tempestad.