Aben-Aboo siguió andando á gran paso.
El nublado siguió avanzando con extrañada rapidez, y al fin, al ponerse el sol, un tupido toldo de densas nubes cubrió las montañas.
Algunas gruesas gotas cayeron sobre las rocas.
Aben-Aboo entonces partió á la carrera.
Los que hayan viajado por las Alpujarras, y hayan tenido necesidad de atravesar una rambla para llegar al término de su viaje, comprenderán por qué Aben-Aboo, que tenia que atravesar la rambla de los Ciegos, corria.
A los que no conozcan aquel terreno, les diremos: que basta una lluvia de algunos minutos para que en aquel quebradísimo terreno, las innumerables vias de las vertientes de las montañas, conduzcan á la rambla que viene á ser un punto de reunion, un pequeño arroyo, y que juntos todos estos arroyos produzcan por su inconcebible número una corriente bastante considerable para que no pueda ser atravesada por un hombre.
Cuando la lluvia es fuerte y dura algunas horas, no es ya un rio invadeable, el que rueda por la rambla, sino un torrente monstruoso, atronador, que se extiende de monte á monte, que arrastra árboles y aun rocas: un alubion gigantesco que dura muchas horas despues de haber terminado la lluvia que lo produce, que va á aumentar alguno de los traidores rios de las Alpujarras, y que cuando se extingue deja sobre la rambla un fango arenoso, entre el cual, no es difícil encontrar reses muertas y aun cadáveres humanos.
Por eso corria Aben-Aboo.
La tormenta se le echaba encima, y la lluvia empezaba, lenta si, pero con indicios de aumentarse progresivamente hasta convertirse en un furioso aguacero.
Saltaba el jóven como un gamo de roca en roca, y al fin vió una ancha abertura practicada entre dos rocas gigantes, por la cual se veia un plano ancho, pendiente, de arena blanca y brillante.