Tan blanca era esta arena, que cuando reverberaba en ella el sol, ofendia la vista, por cuya razon la habian llamado la rambla de los Ciegos.

Entre estas dos altísimas y cortadas rocas, habia un hombre cubierto en otro albornoz rayado, que al saltar junto á él Aben-Aboo, desde una breña, retrocedió un paso y preparó su escopeta, exclamando con acento enérgico:

—¡Párate! ¡la señal!

—¡Granada y los monfíes! contestó Aben-Aboo.

—¡Ah! ¿eres tú sobrino? dijo el que esperaba, y dejó caer el embozo de su albornoz.

Era Aben-Jahuar-el-Zaquer.

—¿Y nuestra gente? dijo Aben-Aboo.

—Estan mas abajo.

—Está con ellos Abd-el-Melik-el-Ferih.

—No; pero ya hemos quedado de acuerdo: nuestra gente se compone de veinte de los mios.