—¡No son monfíes!
—No; son moriscos y cristianos renegados por delitos, gente dura y braba, que yo estoy reclutando hace tiempo, y cuyo número aumento con todo hombre á proporcion que se me viene á las manos.
—¿Y sabe el emir que vos teneis esa gente?
—Si lo sabe yo no se lo he dicho.
—¿Y entonces quien paga á esa gente?
—Los moriscos de Granada y de la Vega.
—¡Ah! ¿y cuántos son?
—Unos trescientos que podran servirnos de mucho para nuestros asuntos particulares.
—¿Y para qué habeis traido con vos esos veinte hombres?
—Atravesemos la rambla, sobrino, que la noche y la lluvia se nos vienen encima por fortuna nuestra, y sabrás para lo que he traido conmigo á esa gente.