—Si por cierto: voy á decirte el nombre de los cristianos: primeramente la excelentísima señora duquesa de la Jarilla, doña Esperanza de Cárdenas, ó sino la conoces por ese nombre, la sultana Amina.

—¡La sultana Amina! exclamó estremeciéndose Aben-Aboo.

—Déjame que continúe mi lista de cristianos: el antes solamente marqués de la Guardia, y hoy duque de la Jarilla por su casamiento con la sultana, don Juan Coloma.

—¡Ah! ¡mi amigo el marqués! exclamó con un sarcasmo amenazador el jóven.

—Ademas, doña Estrella Coloma y Cárdenas, hija de los excelentísimos duques de la Jarilla.

—¡Su hija!

—Item: la nodriza de doña Estrella y dos criadas: Calpuc, el indiano, abuelo de doña Esperanza, y bisabuelo de doña Estrella; don César de Arévalo, tio del marqués de la Guardia, ó mejor dicho del duque de la Jarilla, y por último Peralvillo, lacayo del duque.

—Y sin duda allí estará tambien...

—Sí, voy á decirte los monfíes que estan en esa casa: primero el magnífico emir de los monfíes nuestro pariente: luego Harum-el-Geniz, su wazir, Suleiman, su walí, y como hasta cincuenta monfíes.

—¿Pero á dónde es ese viaje?