—No sé tanto; solo sé que podrá suceder muy bien si tienes valor que hagamos un buen negocio.

—Tio... jugamos el todo por el todo.

—Y á qué nos habíamos de haber puesto estos vestidos berberiscos nosotros y nuestra gente, á qué traer antifaces rojos sino para no ser conocidos. Sígueme sobrino, y confia en mí y en el diablo que nos dará buena suerte.

Aben-Jahuar y Aben-Aboo siguieron las breñas adelante, descendieron á unas ásperas quebraduras y al entrar en ellas, Aben-Jahuar gritó ténuemente como un cuclillo.

En el acto respondió otro grito semejante, y otro y otro.

—Ahí estan, dijo Aben-Jahuar.

—¿Quién?

—Los mios.

—Pues os juro que hubiera pasado junto á ellos sin notarlos, dijo Aben-Aboo.

—Eso prueba, cuando han podido engañarte á tí, que eres astuto y experimentado como el monfí mas viejo, que engañaran tambien á los monfíes. Ahora, ocultémonos tambien nosotros, y guardemos el mas profundo silencio.