Tio y sobrino se perdieron entre un jaral.

Junto al sitio en que toda esta gente estaba oculta, habia un estrecho desfiladero, y en él una senda escabrosa.

El desfiladero estaba desierto.

Nadie tampoco hubiera sospechado que junto á él habia gente oculta.

Pasó algun tiempo; empezó al fin á llover con mas fuerza, y en el momento en que arreciaba la lluvia, se oyeron resonar pasos de cabalgaduras en la parte baja del pedregoso sendero, y voces de hombres que hablaban descuidadamente.

—Aquijad, aquijad, decia una voz robusta; marchad de prisa, la lluvia arrecia, y mucho será que podamos pasar la rambla de los Ciegos.

—Las mulas no pueden marchar mas deprisa, señor, contestó otra voz: nos vemos obligados á llevar las literas una detrás de la otra.

—Pues aprisa cuanto se pueda, dijo la voz que mandaba.

De repente se oyó un sordo mugido, indistinto y sordo primero, que fue creciendo y aumentándose hasta oirse perfectamente el bramido de las aguas que corrian á alguna distancia.

En aquel punto la lluvia caia á torrentes.