—¡La avenida en la rambla de los Ciegos! gritó una voz.

—Pues volved, volved atrás; gritó con energía la voz que antes habia mandado; dentro de poco tendremos por aquí otra avenida.

Apenas habia pronunciado aquella voz estas palabras, cuando sonó un tiro: luego otro y otro, sucediendo á esto el rumor de un reñido combate.

Veamos lo que era aquello.

Hemos dicho que la gente de Aben-Jahuar estaba oculta en unos arenales al lado de un pendiente desfiladero: á uno de sus lados se habian ocultado tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo.

Por aquel desfiladero habia aparecido una caravana, que aunque la noche habia cerrado anticipadamente á causa de la tempestad, se veia de tiempo en tiempo á la clara luz de los relámpagos.

Componian esta caravana cuatro monfíes; tras ellos tres literas, cada una de las cuales era llevada por dos mulas una delante y otra detrás, y cada una de estas mulas por un monfí. Luego á caballo, el marqués de la Guardia, Calpuc, el rey del desierto, don César de Arévalo, Peralvillo y Harum-el-Geniz: últimamente como hasta cuarenta monfíes.

En el momento en que, las literas pasaron del lugar donde estaban escondidos con su gente Aben-Jahuar y Aben-Aboo, sonaron los disparos que hemos dicho, y á poco se trabó un combate cuerpo á cuerpo entre los de Aben-Jahuar, y los del emir.

Las literas habian quedado cortadas y delante, y se oia la voz de Amina y las de sus doncellas que pedian socorro, y las imprecaciones en árabe de los monfíes que guiaban las literas.

Uno de los relámpagos iluminó la escena.