—¡Ah! exclamó con rabia Harum el Geniz que se batia como un lobo: ¡son corsarios berberiscos!
La estratagema de Aben-Jahuar, por lo que vemos, habia producido muy buen efecto.
De repente el pavor se apoderó de todos.
No era un enemigo humano el que les aterraba: eran los elementos: algunos pedazos de roca habian pasado zumbando por el desfiladero y por la parte alta se dejó oir un ronco mugido.
—¡La avenida! ¡la avenida! gritaron todos.
Y se arrojaron fuera del desfiladero.
No tardó mucho en dejarse ver el torrente que pasó brillando entre la oscuridad como una serpiente inmensa, blanquecina, puesta en fuga y cuya carrera fuera velocísima.
A la luz de los relámpagos vieron Harum, el marqués, y todos los demas, que los que creian berberiscos se perdian entre las breñas al otro lado del torrente que por efecto de la tempestad llenaba el desfiladero.
Por una casualidad no habia quedado entre ellos ni uno solo.
Faltaban los monfíes que precedian á las literas; los que las conducian y Amina, su hija, la nodriza y las doncellas de Amina que eran llevadas en las literas.