Al ver esto el marqués de la Guardia, que era valiente hasta la temeridad, antes de que nadie pudiese impedirlo, se arrojó con su caballo á la avenida, pretendiendo atravesarla.

Un grito de horror salió de todas las bocas.

El caballo y el ginete fueron arrebatados por la corriente.

—Pronto, pronto, á buscar el puente del salto del Gamo, gritó Harum: salvemos á la sultana: la sultana antes que todo.

—Es que, dijo un monfí viejo, no podremos llegar al salto del Gamo.

—Tienes razon Mahdar; el desfiladero del Fraile estaba invadeable: estamos encerrados, señores, añadió con desesperacion; estamos encerrados por la avenida entre una rambla y dos desfiladeros: ¡que se haga la voluntad de Dios!

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—Dios ó el diablo nos han protegido, sobrino, decia Aben-Jahuar á Aben-Aboo, entrando con él en Cádiar, en el meson del Cojo, cubiertos con sus capas castellanas; la tormenta nos ha ayudado; de otro modo aunque sin duda hubieramos vencido, alguno de dos nuestros hubiera quedado en poder de ellos y era un mal cabo; ahora... ahora... no salen á bien librar hasta mañana de la prision en que los han puesto las aguas.

—Pero han sucedido horribles desgracias tio, dijo Aben-Aboo, cuyo semblante tenia una expresion ferozmente sombría.

—¿Y qué importa? ya no es un obstáculo á nuestros proyectos la hija del emir.