—Pues esta noche mas que otra, debe el emir estar cuidadoso por mi hermana.

—Pero la tenacidad de ese hombre, cuando mi madre...

—¿Y qué quieres? asi son todos los enamorados.

—¡Pues juro á Dios...!

Aben-Aboo se detuvo, pero Aben-Jahuar adivinó el resto del juramento: Aben-Aboo se habia puesto de pié, y se arreglaba la capa y el talabarte.

—Mira lo que haces, sobrino, exclamó profundamente Aben-Jahuar: el emir es poderoso, y está acostumbrado á satisfacer sus empeños: prudencia, sobrino, prudencia, y no aventuremos en un minuto lo que tanta paciencia y tantos sacrificios nos ha costado.

—Tan prudente seré, dijo Aben-Aboo, que daré ocasion á que otros aprendan en mi prudencia.

Aben-Aboo que habia pronunciado estas palabras de una manera ambigua, cuya verdadera intencion no podia apreciarse bien, salió.

—¡Ah! dijo Aben-Jahuar: ¡quiere abdicar en Aben-Aboo! ¡si ese insensato llega á ser emir de los monfíes, todo está perdido para mí! los monfíes conocen su ferocidad y le aprecian: le servirian á ciegas, y correrian tras él, aunque los llevase á arrojarse de cabeza á un volcan. Pero aunque sois astuto y feroz, señor sobrino, yo os llevo la delantera, y nos veremos, vive Dios, ¡nos veremos!¡vos, el emir y yo...! ¡Ah! ¡ah! yo os juro amigo mio, que no habeis de ver la verdad hasta que esa verdad os espante.

Despues llamó, pagó la cuenta que le ajustó el Cojo por los dedos, y se fué á encontrar al emir.