—Pero usted no sabe por qué hice eso. Fué por tanto quererlo. Para no hacerle mal. Para que él, un hombre distinguido y de bien, un alto empleado, no se perdiera ante el mundo uniendo su vida a la de una... ¡qué sé yo! Desde ese día he sido honrada. Ahora vivo, aunque muriéndome de sufrimiento. Pero este sufrimiento lo acepto por él y para rescatar mi vida de antes. Lo acepto para que él no sufra. Para que él me olvide y sea feliz y vuelva a vivir. Aunque yo me muera. ¡Para lo que sirvo!
Estaban solos, frente a frente, con una mesita de por medio y una lámpara triste, apartada a un lado. Torres sintió como si las sombras del cuarto se acumulasen bajo su garganta y le apretasen ahogándole. Vió mucha luz en el rostro de Nacha. Pensó en la horrible fatalidad de los destinos humanos.
Pero la emoción pasó. Y el hombre mundano, el hombre cargado de prejuicios, de mentiras y de maldades, aun siendo bueno, arrojó de aquella conciencia al hombre sencillo.
—¡No sabe lo que he sufrido!—repitió Nacha.—Desde esa tarde me gano la vida trabajando. Pasé días de hambre, de miseria. Después entré en la tienda. Once horas por día, y treinta pesos de sueldo. Tengo un interés, también. Pero hay multas, por cualquier cosa. En total gano sesenta pesos, más o menos. Y las once horas parada, sin poder descansar un minuto. A veces me hacen subir cargada hasta el quinto piso. No podemos usar los ascensores. Es una vida penosa, la mía. Y todo por él. No para que él me quiera. No para ser digna de unirme a él. Solamente para ser digna, aunque de lejos, de ese amor que él me tiene...
Torres entornaba los ojos, meditando. Mientras tanto, la mirada de Nacha se llenaba de confianza y de paz. Torres pensaba que aquella honestidad de Nacha era un peligro para Monsalvat. Pensaba que era necesario salvar a su amigo para siempre, que era necesaria la mentira para obtener este bien. Temió ser débil, no atreverse a la mentira. ¡Era triste que, aun para las cosas buenas, fuese indispensable, a veces, mentir! Una voz le preguntó si creía que aquello que meditaba era realmente una cosa buena. Vaciló ante esa voz de su conciencia. Pero recordó la opinión del mundo, la moral del mundo, los sentimientos del mundo. Entornó los ojos, hizo un gesto como de quien arroja una mala idea, y dijo, con la voz hecha pedazos:
—Es preciso no verlo más, Nacha, ¿eh? Nunca. Él, además se ha olvidado de... Sí. Ahora él quiere a otra mujer. Piensa en formar su hogar. No hay que destruirle sus buenos propósitos y sus ilusiones, ¿eh?
Nacha no veía nada. Todo estaba oscuro. Sólo sintió que una sílaba afirmativa salía mecánicamente de su garganta, que una mano suya se alargaba sin fuerzas. Luego, un contacto rápido de su mano con otra mano, un ruido de puerta, un ruido de pasos que se alejaban. Y todo seguía en la misma oscuridad, en la misma horrible, trágica oscuridad.
Sentada junto a la mesita, sin sentidos para las cosas, no oyó que llamaban a su puerta, que un hombre entraba y que allí, frente a ella, esperaba. Un golpe sobre su corazón y una luz interior le hicieron levantar los ojos. Creyóse enferma. Imaginó que todo era un delirio. Hubiera gritado, pero algo sin fin, algo que enormemente se hinchaba dentro de ella, deshacía en polvo su voz.