—Nacha...—dijo entonces el hombre con una dulzura inmaterial.

—¿No es un delirio? Dígame que no sueño...

Por fin aquellas dos tristezas estaban frente a frente. No hablaban. Las palabras jamás expresarían tan intensamente lo que expresaban los ojos de Monsalvat y el llanto acongojante de Nacha. El cuarto se poblaba de recuerdos, de escenas dolorosas, de sufrimientos antiguos. El cuarto adquirió una extraña vida, una vida misteriosa, la vida de algo que se ha llenado de almas.

Nacha continuaba llorando. Y era que lloraba por toda su vida. Por lo que fué y por lo que debió haber sido. Por lo que no quiso ser y por lo que el mundo la obligó a que fuera. Monsalvat, junto a ella, le acariciaba las manos. El cuarto seguía poblándose de misterio y de almas. Monsalvat tuvo allí, frente a él, los distintos hombres que había sido en su vida. Les pedía cuentas de su vida. Les veía el alma hasta el fondo y los maldecía. Frente a Nacha desfilaban también las distintas mujeres que vivieron en su cuerpo. Aquélla que fué mala y aquélla que fué buena. Aquélla que fué víctima, aquélla que fué débil...

La luz de la lámpara se apagó. En medio de la absoluta oscuridad se vieron mejor las almas. Los dos se comprendieron. Los dos sintiéronse desgraciados. La luz que había dentro de cada uno buscaba la otra luz. Las cabezas se acercaron. Y sin saberlo, sin buscarlo, un beso puro, el primer beso, unió a aquellas almas como a dos hermanos.

XVII

Allí, en aquella casa, para estar cerca de Nacha, había instalado Monsalvat su vida. Fué esa misma tarde. Torres, que leyera el recibo de la carta de Nacha, había ido a la agencia de mensajeros, y allí logró saber dónde Nacha vivía. Llegó al conventillo. Sus ojos ansiosos leyeron el aviso de una pieza con muebles que se alquilaba. El edificio era una gran casa de familia, democratizada en conventillo; la pieza, en el piso alto y sobre la calle, fué alquilada inmediatamente por Monsalvat. Y así cuando apareció en el cuarto de su amiga, ya era habitante de la casa.

Torres no logró saber adónde había huido Monsalvat. Ignoraba el domicilio de Nacha; y una vez que la encontró a la salida de la tienda, ella fué impenetrable. Nada sabía. No lo había visto. Ni una sola noticia de él. Nacha no se reprochó estas falsedades. Quería tenerlo a Monsalvat allí cerca, su alma junto a su alma, su alma sólo para ella. Temía de los amigos, de la oficina, de todo. Y a la tarde, cuando regresaba de la tienda, traía el corazón hecho una angustia, en el temor de no encontrar a su amigo.

Pero todo este amor era solamente fraternal. El primer beso fué también el último. El sufrimiento había espiritualizado el amor. Nacha, que había dado su cuerpo a muchos hombres, sabía lo poco que valía el amor físico. Ella no podía ofrecer al que amaba una cosa de tan poco precio como su cuerpo, una cosa que había sido para quien quería pagarla. Para Monsalvat, su alma, su corazón, lo poco bueno que había en ella. Para Monsalvat su ternura, que la sentía infinita; para Monsalvat su sufrimiento, que lo sabía infinito. Y él tampoco la deseaba. Nacha, de simple mujer, se había inmensificado en símbolo. En ella estaban todas las mujeres que padecían la misma pena, todas las víctimas del egoísmo humano, todas las abandonadas por la sociedad, todas las hijas del lodo y de la miseria. En ella estaba su hermana. Si alguna vez deseó a Nacha, eso fué pasajero, un sentimiento transeúnte en su alma. Reconocía que este sentimiento le había llevado hacia ella. Veía aquí la sabiduría del instinto, la bondad callada de la naturaleza. Aquel deseo, en momentos de vacilación e inquietud de su conciencia, le condujo al Camino, le condujo al bien. Ahora, ya no era un hombre de sociedad ni un abogado de prestigio ni nada. Para el mundo, se había hundido. Pero para él, se había salvado. Era un hombre bueno. Había encontrado el sentido de su vida: darlo todo a los demás, sufrir por los demás. ¿Qué le importaba el resto, si en aquello estaba su bien?