Pasaba así el tiempo. Nacha iba por las mañanas a la tienda y regresaba al atardecer. Monsalvat sólo salía para su oficina y para llevar, allí donde había alguna gran miseria, el pan de su consuelo. Al volver de la oficina, reunía a los chicuelos del conventillo y les enseñaba a leer. Las noches eran para la amistad con Nacha. Eran para el ensueño, con un libro entre las manos y el silencio a su lado, como un perro fiel. Eran para pensar en los otros, en los que sufren su miseria. Eran para aquel ideal Amor, que ahora ya Nacha comprendía.

Pero una vez Nacha dijo sus dudas. ¿Por qué sacrificar la propia vida, la tranquilidad, la felicidad, por los otros? Si era tanta la miseria del mundo, ¿qué podía la obra individual, pequeña y lenta? ¿Y por qué dar toda el alma a una cosa sin recompensa visible? Monsalvat contestó:

—No, Nacha. Sacrificarnos por los demás es un deber. Es la única razón de vivir. Si todos lo hiciéramos así, piensa en lo bella que sería la vida. Es un deber de conciencia, porque siempre debemos poner nuestra vida de acuerdo con nuestras opiniones y nuestros ideales. Es un deber hacia aquéllos a quienes les hemos quitado su parte de felicidad. Otros, casi todos, no cumplen. Y no sólo no cumplen su ley de amor sino que quieren ser egoístas y malos. Pero esto mismo, Nacha, ¿no nos obliga a nosotros? Tenemos que ser perdonados por nuestras culpas hacia nuestros hermanos, por la inmensa culpa de la sociedad, en la que todos tenemos nuestra parte.

Se detuvo, entornando los ojos como si mirase alguna luminosa imagen lejana. Luego, al cabo de un silencio, agregó:

—La obra individual tiene la prodigiosa virtud del ejemplo. Una obra de bien nunca es perdida. Despertará otras almas, y cada una de estas almas abrirá los ojos a otras almas adormecidas. Y así, poco a poco, llegará el día. El mundo se va preparando para la llegada del gran día. Desaparecerá la injusticia, la miseria no será sino una palabra olvidada.

Monsalvat escribía. Había compuesto dos piezas de teatro que Nacha le copiaba. Eran dos obras extrañas, un poco incoherentes, atormentadas, humanas, llenas de Amor y de Piedad. En los teatros se interesaron, pero no osaban representarlas. Alguien las calificó de antisociales; las consideraron un peligro para las instituciones. Era natural, había en ellas demasiada simpatía humana. La Bondad y la Justicia constituyen, como se sabe, el mayor peligro social.

Un domingo, Nacha recibió una visita. Julieta, aquella gordita de la pensión de Lavalle, venía a contarle su dolor. No era ahora sonriente, Julieta. Un estremecimiento minucioso, sutil, breve, agitaba casi imperceptiblemente sus manos y sus facciones. El destino había derrumbado sobre aquella juventud el muro aplastante de la tragedia. Cerraron la puerta del cuarto. En el patio, explotaba la garrulería de los chiquillos. Julieta se echó a llorar con ansias. Nacha, sin saber nada, lloraba también.

—Soy muy desgraciada. Nacha—habló por fin Julieta.—¡Era el miedo que yo tenía! Tanto pensar en esto, y ahora... No sé qué va a ser de mí. Quería decírselo a alguien, pedir un consejo. Anteanoche estuve por... ¡Sufro tanto! No podré resistir mi sufrimiento.

Nacha miró a su amiga de arriba a abajo, indagándole en su cuerpo aquellas penas tan grandes. Pero no; no era eso. Así lo dijo un gesto negativo de Julieta.