—¿Qué, entonces?

Apenas la última sílaba hubo salido de sus labios, Nacha sintió en ella el horror. La idea, penetrando bruscamente en su alma, la hizo enrojecer. Sobresaltada, levantó los brazos. Los ojos vieron la tragedia. Una mano se estiró hasta Julieta y oprimió con tremenda fuerza nerviosa el brazo de la amiga. Julieta bajaba la cabeza, afirmando. Sufría como muchas vidas. Detrás de aquella lluvia de sus lágrimas había una noche infinita, enorme, espantable.

—¿Eso? ¿Lo que hablamos en la pensión cuando...? No, no es verdad... ¡No puede ser, Dios mío!

Nacha en voz baja, por el terror de recordar aquello, nombró la enfermedad espantosa y maldita, el subterráneo veneno de familias enteras y de pueblos enteros, el Fatum implacable de millones de tragedias humanas.

—Eso mismo. No sé cómo... ¡Es un horror, Nacha! ¡Dios me castiga! Mi vida, ¿qué será? Se acabó todo, todo, todo... Quedaré paralítica, me volveré loca...

Nacha calmaba con ternura de hermana aquel dolor monstruoso. Sus mejores palabras fueron para la amiga desgraciada.

Entró Monsalvat, Julieta no lo conocía y se estremeció. Intentó levantarse, componerse el rostro, ocultarse, todo a la vez. Nacha, apenas lo vió entrar, detuvo a Julieta con las dos manos y le dijo, imperiosamente:

—Es él. No te movás. Él te salvará. Contále todo; Decíle cómo vino la desgracia. Yo quiero que él te salve. Será feliz de poder salvarte. No llorés más, Julieta. Los dos te ayudaremos en tu vida. Te ayudaremos como hermanos...

Monsalvat, inmóvil, contemplaba aquellos sufrimientos. Sintió la tragedia en sí mismo. Sin oir las palabras de Nacha, absorto en las voces de su corazón, permanecía de pie, junto a la puerta, esperando que Julieta hablase. Pero la infeliz, enferma de vergüenza y sufrimiento, callaba. Nacha insistió. La envolvió en palabras cariñosas, se levantó, la besó en la frente. Julieta entornó los ojos y quedó así un rato. Un poco de paz iba entrando en su alma. Su vida desfiló ante su dolor presente, y cuando abrió los ojos vió a Monsalvat en el lugar de Nacha.

—Cuénteme todo—ordenó Monsalvat.