Al decir estas palabras, Monsalvat no era ni curioso ni entrometido. Pero él sabía ya hasta qué punto infunde confianza, y aun consuelo, al que sufre, el decirle, con sinceridad y en el instante oportuno, que es necesario que nos cuente todas sus penas. Las palabras conminatorias como las de Monsalvat, logran casi siempre la confidencia plena en una mujer que llora. ¡Y cómo se agradece la orden enérgica! Parece que al oirla, y que al oir que es necesario decirlo todo, el que sufre sintiera un apoyo inmenso a su lado, una fuerza protectora de su debilidad, un remedio para su dolor. "Cuénteme todo, es necesario que yo lo sepa todo". Las mujeres, antes estas palabras tan masculinas, siéntense ya consoladas y gozan el placer de verse protegidas por el hombre, pequeñas, débiles, sufrientes ante el hombre.

Julieta, sin mirar nada, sin ver nada, habló:

—Cuando vivíamos en el Tandil éramos ricos. Mi padre tenía estancia, mis hermanas mayores se educaban en los mejores colegios de Buenos Aires. Pero un día, mi padre se suicidó. Quedamos pobres. Nos vinimos a Buenos Aires. Aquí, en la ciudad, vivimos de una rentita que nos quedó. Apenas lo suficiente. Mis hermanas, a los tres o cuatro años de vivir aquí, se casaron. Las dos son ricas. Yo no iba al colegio, porque tenía que trabajar en casa. Mis hermanas no ayudaban a mamá. Aquella vida era triste para mí. Ni paseos, ni placeres, ni diversión ninguna. Trabajar y acompañar a mi madre. Tuve un novio. Me quería con toda su alma, me dijo. Yo lo adoraba. Un día me llevó no sé adónde. Yo estaba enamorada, creía que nos casaríamos, y él hizo su voluntad. Quedé pronto en una situación que era un continuo sufrimiento para mí. Inventamos una visita a una amiga, y se realizó el crimen que él quería. ¡Es el dolor de mi vida! Si mi hijito viviera, nada me importaría sufrir. Volví a casa, pero mis hermanas supieron todo. Un día, quisieron que mamá me echara. El marido de una me dijo una palabra que nunca debió decirme. Yo no era eso. Yo había caído por amor, me engañaron. ¡Qué sabía yo de la vida, ni de los hombres! Mamá intentó defenderme, pero ellas dijeron a mamá que si me defendía, se quedarían sin madre. Me fuí de la casa, dispuesta a trabajar. Padecí hambre. Una época, dormí en un cuarto de diez pesos. No tenía para comer. Fuí a una sociedad de beneficencia, a pedir socorros. Dije que me moría de hambre, que tendría que perderme si no se me ayudaba. Me contestaron que una muchacha fuerte y joven debía trabajar. Que no faltaba trabajo...

El llanto comenzó a borrar las palabras, a cortarlas, a mezclar las sílabas limítrofes. No importaba. Monsalvat y Nacha conocían aquella historia. La habían oído muchas veces. Era la eterna historia de las mujeres caídas, la obra de la maldad de unos cuantos y del egoísmo y la inconsciencia de todos. Aquellas hermanas brutales no perdonaban porque la sociedad y el dinero les ordenaban no perdonar. Fueran pobres, y la compasión habría estado en ellas. Julieta refirió su lucha atroz por el pan. Quería ser honesta, y a cada paso la acechaba un hombre que intentaba comprarla. Si le ofrecían trabajo, los mismos labios protectores exigían su cuerpo. ¡Más bien no fuera bonita! Cayó defendiéndose, llegó a sirvienta. Ella, hija de un estanciero; ella, que tenía hermanas casadas con ricos. Limpió letrinas y comió las sobras, ella, que nació para ser una "niña" como las otras, una señora como sus hermanas. Por fin, no pudo más, y cedió. El vicio la poseyó brutalmente. Rodó por las casas de citas, fué sencillamente una ramera. Pero aprendió a vivir, y limitó su bajeza. Y entonces, dentro de su vida de prostituta, se hizo seria y ordenada. Soñó en salir de allí.

—Pero hace pocos días, me pidieron el cuarto en la pensión. Debía mucho. En la casa adonde ganaba la plata, me iba mal. No había tenido suerte. Después, quince días con influenza. Y esa tarde que me pidieron el cuarto, salí a la calle. Nunca había hecho eso. Nunca salí a ofrecerme al primero que pasara. Nunca llegué a caer tan abajo. Pero me echaban del cuarto... No supe lo que hacía, no pensé. Fué mi desgracia terrible. Ahora, ¿qué hacer? Seguir en la vida, sería un crimen. Trabajar... si no encontré antes trabajo, ¿qué será ahora? Y sin embargo, ahora preciso más que nunca, porque quiero curarme, porque quiero ser buena y...

Un sollozo angustioso devoró la palabra que seguía. La cabeza cayó sobre el aro temblante de los brazos. Monsalvat dijo:

—Todo se ha de arreglar. Lo poco que tengo es suyo. No me agradezca nada. Me enojo con usted si me agradece. Nadie es dueño de nada. Solamente los perversos creen tener derecho exclusivo a sus bienes. No se aflija por su situación. Yo le arreglaré todas sus dificultades, de cualquier clase que sean. Hablaré con sus hermanas, hablaré con su madre, si así lo quiere. Pero no me agradezca, por favor. No es sólo por usted que haré esas cosas. Es por los demás, por todos los demás. Y es sobre todo por mí. ¿Comprende?

Aquel día Monsalvat había cobrado el sueldo. Acababa de pagar su pieza. Entregó el resto a la muchacha, que se negaba a aceptarlo, pero que al fin lo guardó, obligada por Monsalvat y Nacha.

Monsalvat dejó solas a las dos amigas.