Al salir, vió en el cuarto de enfrente, parado en el umbral y con las piernas cruzadas, un sujeto que le miraba con sonrisa siniestra. Era el tuerto Mauli, personaje odioso. Nacha le tenía horror. Nadie sabía en qué trabajaba. Decíase que era pesquisa policial. En sus ojos canallescos, en su frente achatada, en su nariz repugnantemente abierta, en su expresión viciosa y criminal, asomaba el presidio. Su aparición espantaba a Nacha. Su figura horrible, hacíale ver todas las degradaciones, todas las maldades, lo más monstruoso que puede caber en un ser humano, lo más inhumano que puede caber en un hombre. Todo el mundo le temblaba. Nacha supo una vez que el infame conocía su vida. Durante una semana no durmió, aterrorizada; pero como el tiempo transcurría sin ningún mal para ella, se calmó. A Monsalvat le vigilaba con más descaro que a Nacha. Llegó hasta seguirle por la calle.

Cuando Monsalvat volvió al cuarto de Nacha, Julieta ya se había ido. Nacha pensaba, muy triste. Monsalvat unió esta pena a la tragedia de Julieta. Pero no era esto. Nacha sufría preocupaciones que siempre estaban con ella, que ella guardaba, que eran sólo de ella, su exclusiva propiedad. Su pobreza miserable, era una. La poderosa institución para cuya grandeza trabajaba, arrojábale por mes treinta pesos. Era preciso que aquella muchacha desgraciada, que aquella hija de la tierra argentina sufriese, para que los accionistas ingleses, los millonarios de Londres, recibieran magníficos dividendos. ¿No bastaba treinta pesos y la miseria que le echaban como intereses de las ventas, sobras de opulencia, basuras ignominiosas? Pues que vendiese su cuerpo. Para eso era mujer joven y bonita. ¿Qué podía importar a los accionistas, a los respetables miembros del directorio local, que sus empleadas se degradasen? Ni siquiera lo agradecían. No lo ignoraban. Nadie ignora la imposibilidad de que una empleada de tienda viva con treinta pesos. Pero el ídolo Dividendo exigía un monstruoso altar construido por millones de sufrimientos, por millones de bajezas, de humillaciones. Para formar un buen tanto por ciento se necesitaban océanos de lágrimas. La libra esterlina debía sonar a besos vendidos, a ayes de millares de almas sacrificadas antes de nacer, a angustiosos llantos de madres infelices. Cada cheque representaba una buena suma de ilusiones destruidas, de vidas mutiladas, de pudores arrojados a la calle.

Nacha padecía de pobreza. Cosía para particulares o para otras tiendas, a media noche. Si dijera una palabra, Monsalvat le daría todo, absolutamente todo, hasta quedarse sin un centavo, hasta quedarse sin comer. Monsalvat hubiera tenido la más grande alegría en hacer eso. Pero Nacha callaba. Le había dicho que ganaba más, lo suficiente para vivir. Callaba por delicadeza, para que Monsalvat no se exaltase contra quienes explotaban el trabajo de las mujeres.

Pero no era éste el único sufrimiento de Nacha. Tenía muchos más. En los últimos días le preocupaba una idea, una terrible idea. Y era que había visto al Pampa, y se imaginaba que aquel hombre la perseguía otra vez. Lo vió una tarde, quizá por casualidad, a la salida de la tienda. Ella huyó entre una aglomeración que en la esquina de la tienda esperaba el tranvía. Y como viese que él la buscaba, parado en la esquina, tendiendo sus miradas por las calles convergentes, ella subió a un carruaje. Otro día, lo vió rondando la tienda, a la hora de la entrada. Nacha no quiso mirarlo, aterrada. La compañera no comprendía por qué Nacha le apretaba el brazo y le hacía doler. Después lo encontró a Arnedo diariamente. A veces estaba con un amigo. El día antes, como ella entrara sola, un poco tarde, él le habló. Se acordaba siempre de ella. La extrañaba. Tenía una voz cariñosa y le hundía los ojos en sus ojos. Ella temblaba. Un miedo infinito le impedía decir una palabra. Había sentido, con verdadero espanto, que aquel hombre no podía serle indiferente.

Y en su casa, frente a Monsalvat, Nacha sufría con toda su alma. Pensaba en Arnedo, pensaba en Monsalvat y sufría. Sus pensamientos la atormentaban como si fueran instrumentos de inquisición. Le hacían daño en su cuerpo, restaban fuerza a sus ojos, le impedían trabajar de noche. Una vez, el mal pensamiento que hasta entonces sólo asumiera formas vagas, distantes, nebulosas, se concretó horriblemente. Pensó lo que no quería pensar. Deseó morir para no pensar más aquello. Era a media noche, cosiendo.

Era la idea de que su destino no debía ser aquella vida que estaba viviendo. ¿Por qué no podía ser feliz? ¿Por qué no podía, siquiera, vivir tranquila? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Qué le esperaba? ¿Y qué esperaba ella allí? Resolvió que esa existencia era transitoria. Indudablemente su situación era un alto, tal vez un puente por donde iría a otra parte. Pero, ¿adónde? ¿Por qué vivía allí, cerca de aquel hombre? ¿Casarse? No, jamás lo imaginó seriamente. Un sueño, un sueño demasiado hermoso, que no tenía ni aun el derecho de soñarlo. ¿Ser la amante de él? ¡Oh, nunca, nunca! Y él no lo deseaba tampoco. Entonces se preguntó qué sentía por él. ¿Lo quería? ¡Lo admiraba! Jamás creyó que hubiese almas tan grandes. Monsalvat representaba para ella toda la bondad del mundo. Pero, ¿quererlo de otro modo, con los sentidos? Al principio, cuando lo encontró en el cabaret, quizá sí; pero ahora, no. Ahora era un padre, un hermano, un hijo. Lo quería demasiado para poder quererlo como a un hombre. Con enorme lástima, a veces. Le veía perdiendo su vida por ella. Le veía dejando su posición, abandonado de los amigos y la sociedad, solitario, descuidando su empleo, pobre, ¡y todo por ella! Le veía arrojado de su mundo como un perro. Y entonces, el mal pensamiento volvía. ¿Si ella huyese de él? ¿Si ella supiese que su destino no era el ser buena, y retornase a la vida? ¿Y Arnedo? ¿Qué quería con ella Arnedo? Comparó los dos hombres. Monsalvat, todo alma, todo ternura, todo idealismo. Arnedo, todo fuerza, materialidad, brutalidad. Monsalvat atraía su alma, sus pensamientos, lo mejor de ella. Temblaba de pensar que el Pampa volviese a atraer su cuerpo, sus sentidos que no lograban habituarse a la castidad, sus deseos que eran lo peor que había en ella. Temblaba de pensar que Arnedo ejerciese su dominio de antes. Y sufría hasta el llanto incansable, por Monsalvat y por sí misma.

XVIII

Un atardecer de Junio en que a causa del tiempo, fastidiosamente húmedo y del calor sofocante que anunciaba tormenta, Monsalvat saliera al balcón de su cuarto, vió venir a Nacha. Instantáneamente presintió lo anormal. Nacha parecía dolorida, enferma.

Se encontraron en el patio. Monsalvat preguntó qué pasaba. Lo preguntó más que con palabras, con los ojos, con su actitud, con su corazón que gritaba dentro de él la pregunta, con su alma que ya adivinaba un gran dolor. Nacha le tendió una mano, llorosa, derrotada, acobardada por la vida. Fué su respuesta. Monsalvat comprendió que debía ser muy grande su sufrimiento para que, delante de gente, Nacha, reservada siempre, le tendiese así la mano. Las cabezas, asomadas a las puertas, sonrieron de la pareja sufriente. Las mujeres, y algunos hombres que trabajaban o hablaban en el patio, miraron y se echaron a reir. Alguno miró y se hizo el disimulado, como si aquello que veía fuese algo malo, algo que era indiscreto mirar. Pero Monsalvat y Nacha sufrían tanto, que no se separaron. Monsalvat condujo a Nacha hasta su cuarto, sosteniéndola de un brazo. Allí ella refirió su dolor.