Había sido en la tienda. Desde hacía días estaba fatigada, enferma. ¡Y ocho, nueve horas sin sentarse! A veces la mandaban a otros pisos, tres o cuatro pisos más arriba o más abajo, que debía subir cargada con mercaderías, por la escalera, pues no tenía derecho para utilizar el ascensor. Esa tarde, bajaba con un maniquí. Advirtió que no podría bajarlo, que no tenía fuerzas. La obligaron. Le cargaron encima el pesado armatoste de madera. Bajó un piso, desfalleciente, destrozada. Se sentía mal. Iba a dejarlo, ahí no más, en el rellano de la escalera, cuando le mandaron decir, con otra empleada, que si no seguía quedaba expulsada de la tienda. Y siguió. Bajó otro piso. Algunos empleados reían al verla pasar. Otros la compadecían en silencio. Pero no pudo más. Amontonó sus fuerzas que huían, que se dispersaban, y bajó unos escalones. Y entonces,—no supo cómo fué—, cayó en medio de la escalera, rodó hasta el rellano. Perdió el sentido. Cuando despertó estaba rodeada de empleados. El gerente, con el reloj en la mano, la miraba. El maniquí, en pedazos, era llevado por alguien. Preguntó si podía irse a su casa. Le contestaron que se le descontaría el tiempo que faltaba para concluir la jornada. Y que se le descontaría el tiempo que había durado el desmayo. ¡Por eso el gerente miraba el reloj y la observaba! No hubiera creído si no lo hubiese visto con sus ojos, si no se lo hubiesen dicho. Aquella maldad tan enorme le dió fuerzas. Comprendió su triste esclavitud, el egoísmo de esa gente. Y lo comprendió todo mejor, cuando al salir le dijeron que debía pagar el maniquí. ¿Pagar? No había entendido, asombrada, medio alelada, mirando con ojos enormes. ¿Cómo pagar? Pagar, sí. Pagar todo el maniquí. Pagarlo por mensualidades, que se le descontarían. Cada mes, cobraría diez pesos menos. ¡Diez pesos menos! No quería creer. ¿Y cómo iba a vivir con diez pesos menos? "Usted se arreglará", le dijeron. "Eso es cosa suya". Ella calló. Vió que era inútil. Ellos tenían la fuerza, el dinero, la tradición. Debían tener razón también, pues tenían tantas cosas, ¡todas las cosas que dan la razón a los ricos contra los pobres!

Cuando Monsalvat salió del cuarto vió en frente a Mauli y otros vecinos. Le miraron risueñamente. El encargado, que acababa de dejar el grupo y se alejaba hacia la puerta, trató de que Monsalvat no le viese. Se detuvo en una puerta, disimuladamente, dando la espalda. Monsalvat pasó de largo, sin fijarse en él.

Y entonces el hombre volvió. Fué a golpear en el cuarto de Nacha. Todavía lloraba la pobre Nacha. Le hizo entrar. Era un hombre de aspecto desagradable, a fuerza de parecer manso y dulzón. Miraba siempre al suelo y de reojo; jamás de frente. No reía nunca. Tenía modales de sacristán. Solía meter una mano en la manga del otro brazo, y caminaba con los pies hacia adentro y sin hacerse sentir. Para con la gente del conventillo no tenía entrañas. La familia que llegara a deber quince días, quedaba expulsada, así tuviese enfermos graves. Era cobarde, pero contaba para todo con la protección de la policía.

—Pues... he venido... señorita... o señora... tal vez sea más propio... a decirle que mi conciencia me obliga... a advertirle que... Espero que comprenderá. Su conducta en esta casa no debe permitirla una persona... honorable como creo ser, una persona en quien ha depositado su confianza la respetable propietaria, la augusta dama que...

Nacha no comprendía. Miraba a aquel sujeto odioso, hipócrita y perverso, tratando de adivinar sus propósitos. No imaginaba qué pudiera querer con ella aquel hombre.

—¡Vamos! Hágase usted ahora la inocente... Yo lamentaría tener que explicarle. Quisiera que usted, por sí misma, advirtiese que ésta es... una casa decente... ¡claro!... y no una casa de ésas donde viven mujeres... Sí, eso es. Mujeres como tantas... ¡jé, jé! que usted conocerá... ¡jé, jé! En fin... señorita... o señora... no quisiera más visitas de hombres. Para eso... ¡jé, jé!... para eso están... naturalmente... las posadas.

—Usted se equivoca—gritó Nacha, poniéndose de pie bruscamente.

El hombre bajó los ojos al suelo con exagerada humildad, se hizo más pequeño y dijo:

—Todos somos humanos y podemos equivocarnos... ¡jé, jé! Pero... conocemos su vida. Yo no digo nada. No es por nada. Pero... no negará usted haber visitado cierta casa de la calle... en fin, adonde no iba a rezar el rosario... precisamente. ¡Jé, jé!