Nacha, rabiosa, se acercó al sujeto. Le hubiera escupido en la cara, le hubiera arrojado de allí. Pero una mano invisible la detuvo. Pensó en el escándalo, en Monsalvat. Pensó en que aquel miserable individuo tenía también la fuerza, como representante de la dueña. Aquel monstruo era el testaferro de una dama multimillonaria. Él administraba para ella, cobraba para ella. Con el fin de que ella no perdiese treinta o cuarenta pesos, el hombre expulsaba a gentes hambrientas que debían alquileres, las arrojaba a la calle. Arrojaba a infelices viudas, abarrotadas de hijos. Arrojaba a enfermos, a moribundos. La cuestión era que la gran señora cobrase sus rentas íntegras, para repartir luego sumas enormes, cientos de miles, entre conventos y cofradías, voluntaria y criminalmente ignorante de los trágicos dolores humanos de donde provenía su dinero.

—Yo... por mí, podría usted quedarse. No me meto en vidas ajenas. Pero la señora, ¡jé, jé! no quiere mujeres de... de su clase...

Nacha no pudo más y en su exaltación, en su sufrimiento, le gritó al hombre, como si le escupiese:

—¡Cállese, monstruo infame! ¿De qué clase? ¡Fuera de aquí! ¡Ahora mismo! ¡Canalla, cobarde, víbora!

El hombre abrió la puerta. Y desde el umbral, casi a gritos, para que le oyeran del patio, pero en actitud humildísima, sonriendo dulcemente, gruñó como una bestia herida:

—¿De qué clase? De la suya... ¡Jé, jé! De la clase de... ¡jé, jé!... ¡de las putas!

Nacha cayó al suelo, aplastada, temblante. Y al mismo tiempo, una risa horrible, satánica, espantosa, que venía del patio, penetró como dos puñales en sus oídos. Su ser entero se irguió. Quiso gritar su protesta. Pero cayó, vencida, inutilizada. Y en seguida, un enorme, infinito frío envolvió su cuerpo, su corazón, su alma. Tembló con frenesí. Temblaron sus manos, sus piernas, sus dientes, su ser entero.

Monsalvat no supo nada. Aquella noche tenía lecciones, y apenas fué por un minuto a la pieza de Nacha, cuando volvió de comer. Nacha disimuló cuanto pudo. Monsalvat habló de aquel asunto de la tienda, rogando a Nacha que no se afligiese. Pronto vendería aquel conventillo suyo, y todo ese dinero sería para ella.

Tres días a la semana Monsalvat daba clase a algunos obreros del barrio. Al principio sus alumnos fueron tres o cuatro. Pero ahora solían ir hasta veinte. Todos leían. Él les enseñó a dos o tres. Ahora les hablaba de diferentes cosas, de historia, de viajes, de moral. Su elocuencia sencilla atraía a aquellos hombres sencillos. Algunas veces, comentando un suceso del día o una página de un libro, les evocaba una sociedad nueva, una era de amor entre los hombres, donde hubiese justicia. Entonces la voz se tornaba suave, casi mística, plena de simpatía humana y de fervor.