Pero aquella noche, Monsalvat no podía hablar a sus discípulos con palabras como las de siempre. Aquella noche odiaba. La injusticia para con Nacha, en la tienda, había removido hasta lo más hondo del pozo de su alma. Una multitud de detalles dispersos y olvidados habían vuelto a vivir en su interior, agrandados todos allá en una existencia subconsciente, unidos todos, viviendo juntos, en aquellos momentos, con una tremenda intensidad.

Los obreros iban entrando en su cuarto. Daban la mano a Monsalvat y hablaban con él unas palabras. Monsalvat les preguntaba por los hijos, por la mujer, por la madre. Luego sentábanse. Algunos permanecían de pie. Cuando fueron las nueve en punto, Monsalvat comenzó.

—Hoy—dijo—he comprendido una cosa fundamental. Y es que yo, al hablarles a ustedes de que el amor transformaría al mundo, me equivocaba. Me equivocaba funestamente. Porque el amor jamás llegará a ser. El amor no puede transformar el mundo. El amor no puede crear. Hace mil novecientos años oyó el mundo la más sublime palabra de amor. La elocuencia de esa voz es tal, que ninguna la ha superado ni ha de superarla nunca. Y si esa voz nada logró, ¿qué hemos de lograr nosotros? Si esa voz no ha sido comprendida por los hombres, no obstante su prestigio, quiere decir que los hombres no comprenderán nunca ninguna voz que hable de amor. Es preciso entonces predicar el odio. Sí, el odio. Predicar el amor es ser cómplice de la iniquidad. Predicar el amor es trabajar para que todo siga como ahora, esperando el advenimiento de lo que jamás vendrá. El amor es una cosa casi siempre pasiva, inerte. El odio es acción. El odio nos dará la fuerza y por la fuerza llegaremos a implantar el amor. Esto hay que hacer. Por el odio alcanzar el amor. Por la violencia, que es el instrumento del odio, imponer la paz, la fraternidad, la justicia. Por otra parte, al usar el odio y la violencia, nosotros, los de abajo y los que como yo estamos con ustedes, no haríamos sino emplear los procedimientos que ellos emplean. Ellos, los de arriba, nos desprecian, nos odian. Ellos emplean la violencia en todos los momentos de su vida. Ellos han organizado el odio y la violencia. Ejercen la fuerza no sólo ocultamente sino visiblemente. Yo he visto cómo ejercen violencia sobre las vidas y la salud, imponiendo a otros hombres trabajos monstruosos e infamantes. Yo sé cómo ejercen violencia sobre los espíritus, condenándolos a una eterna ignorancia. Yo sé cómo ejercen violencia sobre las mujeres, sobre las almas y los cuerpos femeninos. Aun los que vienen con palabras buenas nos odian y sólo quieren que continúe nuestra esclavitud. No, mis amigos: el amor nunca vendría a liberarnos. ¿Oiría la voz del amor el accionista inglés que cobra enormes dividendos por su parte en los ferrocarriles, en las grandes tiendas, en los frigoríficos argentinos? ¿Oirían la voz del amor, la verdadera voz del amor, esos propietarios de conventillos, que arrojan a la calle a mujeres y niños enfermos? No, nunca. Toda esa gente no quiere entender más lenguaje que el de los cheques y los billetes de Banco. Pero hay otro lenguaje que pueden comprender, aunque no quieran comprenderlo: el lenguaje de nuestra violencia.

Los discípulos escuchaban inmóviles, bajo una intensa emoción. Algunos parecían sufrir. Otros miraban a su maestro con piedad dolorosa. Otros, sin duda, recordaban. Era evidente que más de uno apenas comprendía, que la inteligencia de casi todos ellos buscaba una relación entre el pasado y aquellas palabras. Habían sufrido la vida entera, habían vivido siempre miserablemente, habían conocido ayer no más el hambre; pero los años les habituaron a su existencia triste.

Hubo un instante de silencio. Nadie se movía. Nadie, ni Monsalvat, se hubiera atrevido a hablar. Algo de grande, de augusto, estaba allí, entre aquellos hombres, como una cosa visible. Y todos miraban eso que allí estaba. Y eso estaba en todas partes. Estaba adentro de cada uno, en los ojos del compañero, en el eco de campana remota y misteriosa con que seguían sonando las palabras del maestro, en el rostro doloroso de Monsalvat, en la quietud profunda, en el latir recio de los corazones.

El silencio continuó aún. Uno quiso hablar, pero miró a los otros y calló. Monsalvat también quiso hablar, pero miró a sus discípulos y nada dijo. Continuó todavía el silencio... Al fin, comprendieron todos que estaban de más las palabras y se levantaron al mismo tiempo. Uno por uno dieron la mano a Monsalvat. Nunca el maestro sintió las manos más cálidas, más vibrantes, más vigorosas. Algunos tenían lágrimas en los ojos. No se sabía si estaban contentos o si estaban tristes.

Cuando se retiraron sus discípulos, Monsalvat tuvo la sensación de haber realizado una obra de justicia y de haber dado un paso hacia la transformación del mundo. Sentimental e imaginativo, sin el sentido de la realidad, creía en la eficacia de las fórmulas abstractas y de las vaguedades que predicaba. En su ardoroso anhelo de reformar el mundo había algo de misticismo, y faltaban las fórmulas concretas, los métodos de acción, la creencia de que era necesaria una disciplina. En su exaltación un tanto individualista y lírica, imaginaba que mediante los justos y lógicos sentimientos de rebeldía como los que predicara aquella noche, y sólo mediante ellos, pudiera llegar a organizarse una sociedad mejor.

Al día siguiente, Monsalvat fué llamado por la policía. No se inquietó, pero supuso que le hubiera denunciado el espía. Le condujeron a la oficina del jefe, un militarote despótico y poseur, que adoptaba aires de Bonaparte y tenía el rostro afilado y seco. Monsalvat le conocía. El jefe le trató con superioridad.

—Malos consejos, amigo—decía el militar, paseándose lentamente, con la mano a la espalda y aumentando la natural rigidez de su esquelética figura.—Ideas disolventes... Incomprensible que un hombre de su situación conspire contra las instituciones, contra la patria. Como si todo no estuviese perfectamente organizado. Como si cualquiera no pudiese hacerse rico en este país. Ideas sacadas de cuatro libros infames, perniciosos. Cosas de esa Europa vieja y podrida, principios sin aplicación en esta tierra generosa, donde nadie tiene hambre, donde nadie podrá quejarse de injusticias...

Monsalvat, que observaba tercamente el artesonado, se estremeció. Miró al jefe con azoramiento. Imaginó que se burlaba. Pero advirtió su seriedad, su convicción. Monsalvat, entonces, recordó haber oído eso mismo mil veces, diez mil veces, un millón de veces. Y lo que era peor, recordó haber escrito él mismo esas palabras, exactamente esas palabras, esas mentirosas y cobardes palabras que sólo parecían un pretexto para seguir engañando, explotando, robando y asesinando, para justificar todas las ignominias que ejecutaban en este país los hombres de presa, el infinito y poderoso mundo de los hombres de presa.