No era probable que Monsalvat escuchase ni contestase a aquel hombre. El mismo jefe lo comprendió así, y terminó la entrevista. Antes de despedir a Monsalvat le hizo leer una ley social que aún regía. Monsalvat la repasó en una ojeada y se fué, saludando al jefe con una simple inclinación de cabeza.

Este incidente, en apariencia fútil, entristeció a Monsalvat. Quedóse pensando en lo que había llegado a ser, recordando todo el último año de su vida.

En aquel cuarto de la policía, en la actitud del jefe para con él, en el mero hecho de ser llamado, había comprendido todo lo que perdió, había visto todo lo que fué y todo lo que había dejado de ser. Antes, tuvo posición, dinero, prestigio, amigos. Ahora nada tenía. Ahora era un pobre diablo a quien la policía lo llamaba y lo amenazaba. Y todo, ¿para qué? En un año, ¿qué había remediado? Sacó del fango a tres o cuatro mujeres, enseñó a leer a varios hombres, pero todo esto, ¿qué representaba dentro del océano infinito del sufrimiento y de la ignorancia de los hombres? Monsalvat era fuerte, fuerte en su convicción y en su fuerza moral, fuerte en su amor del Bien y en su ternura y en su piedad: pero ahora dudaba. Conocía ya la infinita amargura de la tentación. En un instante de debilidad moral hasta pensó en abandonarlo todo y volver a su mundo, a su posición de otro tiempo. Una tristeza, vasta como el universo, le enfriaba el corazón, el alma, la cabeza. Sentíase en medio de un páramo horrible, lejos de todos, olvidado de todos. Sentíase espantosamente solo, en medio de la lúgubre y helada soledad del mundo. Y este hombre bueno, que había buscado aquella vida por el bien de los demás, que todo lo había dado por los otros, que se había entregado a su obra con alegría, con fe, con inaudito valor físico y moral, acabó por llorar... Lloró por él mismo, por su propia vida, por el fracaso de su existencia entera, ahora y para siempre. Lloró Monsalvat... Pero él aún no sabía que los hombres más fuertes desfallecen y que esas tristezas y esas breves lágrimas no son sino un descanso, un alto que hace crecer las fuerzas para seguir la jornada.

XIX

Aquella misma tarde, mientras Monsalvat sufría de incertidumbre, Nacha iba hacia Belgrano, donde vivía Julieta.

Desesperada, atormentada por la angustia, parecíale eterna la marcha lenta del tranvía. Sus nervios se exaltaban a cada detención. Miraba con odio a las mujeres que tardaban en bajar o subir, que tardaban siglos, causándole un sufrimiento atroz. Dos o tres hombres que estaban próximos a ella pretendieron flirtear, pero Nacha les clavó unos ojos tan duros y despreciativos que los sujetos, avergonzados, no insistieron. A la media hora del viaje compró un diario. Pero no pudo leer. No entendía nada. Hizo esfuerzos inauditos para concentrar su atención en la crónica de policía. Lograba leer dos líneas, un párrafo y luego su imaginación saltaba a otras cosas. Después se daba cuenta de que no leía, y nuevamente empezaba, siempre con idéntico resultado. Por fin estrujó el diario y lo aplastó con sus pies.

El tranvía marchaba ahora por calles solitarias y con mayor velocidad. Bajaron dos muchachas obreras y detrás de ellas se descolgó un individuo de mirada ansiosa, que sin duda las creyó buena presa. Al lado de Nacha un hombre leía una revista ilustrada y poco a poco, maquiavélicamente, trataba de poner su pierna en contacto con la de su vecina. A Nacha le distrajo un instante la pueril maniobra del conquistador, pero acabó por arrinconarse y apelotonarse en su sitio, huyendo de aquella estupidez.

Al cabo de una hora, Nacha llegó por fin a Belgrano. Bajó del tranvía y se hundió en la sombra silenciosa de las calles arboladas. Iba casi corriendo. Pasaban los chalets elegantes, con jardines y magníficos árboles, respirando una vida de paz y comodidades. En algunas calles los árboles formaban techo. De los parques y jardines salía el delicioso olor de las flores. Nada, fuera de los pasos de uno que otro transeúnte, interrumpía el silencio del barrio. Todo estaba penetrado de dulzura y de calma. Pero no para Nacha. Aquel dolor y aquel terror que la empujaban impedíanle ver y sentir.

Julieta trabajaba en Belgrano, en una tienda de la calle Cabildo. Ganaba muy poco, casi como Nacha. En cambio sus gastos eran insignificantes, pues vivía en casa de una familia amiga, que le cobraba una miseria por darle un cuarto y la comida. Las gentes de la casa eran de su pueblo; unos infelices, tanto el marido como la mujer. Julieta los encontró por casualidad, cuando buscaba pensión. Antes de quedarse, les refirió honestamente su vida y sus propósitos de regeneración. No quería engañarlos, decía ella. La mujer vaciló un poco, pero el marido, un socialista militante, afirmó declamatoriamente y con grandes gestos y frases oratorias, que allí no se tenían prejuicios y que él consideraba hasta un deber contribuir a la regeneración moral de cualquiera que la necesitase.