Cuando Nacha llegó a la casita, Julieta no estaba. Quedó hablando con el matrimonio, mientras un enjambre de chicos la rodeaba. El buen hombre le hacía mil preguntas, distrayéndola un tanto de sus cavilaciones. Nacha intentaba atenderle, seguir la conversación; pero no podía. A cada rato se quedaba con la mirada perdida, inmóvil, la expresión contraída. Más de una vez abrió los ojos enormemente, como con pánico.
Por fin apareció Julieta. Entraron en su cuarto.
—¿Pero qué es esto? ¿A esta hora?—exclamaba Julieta con inquietud.—¿Te pasa algo? Vení, contáme todo...
Se sentaron al borde de la cama.
—Vengo huyendo...—dijo Nacha, con una voz vacilante y poniendo sobre el brazo de su amiga su mano que temblaba.
—¿Huyendo...? ¿De quién?
—No sé... Huyendo de Monsalvat, de Arnedo, de aquel hombre perverso de la casa... Huyendo de mí misma. Tengo miedo de mí, Julieta. ¡Si vieras qué presentimientos! Te aseguro que todo está negro para mí, que todo está lleno de horrores, de crímenes, de... ¡qué sé yo!
—¿Presentimientos?
—Sí, presentimientos. Adivino que va a pasar algo, algo grave, tal vez terrible para mí. Julieta, Julieta, escucháme... Tengo el presentimiento de...
No podía continuar. Temblaba toda entera. Sus ojos se habían agrandado de terror. Julieta le decía que no hablara más y la acariciaba como una dulce hermana.