—No, no... Necesito decirte. Tenés que saberlo, Julieta. Tenés que saber que este presentimiento mío, que me enloquece, que me desespera... es el de que voy a perderme otra vez...

Julieta le pidió detalles. Ayudada por su amiga, Nacha refirió sus temores.

Arnedo la perseguía. Rondaba la tienda, la había esperado a la entrada y a la salida, le habló una vez. Pretendía llevársela con él. Era caprichoso, terco, vanidoso, malo, sin escrúpulos. Siempre consiguió cuanto quiso. ¿Qué podría ella, una pobre mujer débil, contra aquella voluntad poderosa? ¿Qué podría ella, que sentía hacia ese hombre una atracción inexplicable? No lo quería, no. Lo odiaba. Fué malo, brutal, desdeñoso para con ella. Sin embargo, jamás lo hubiera dejado, y ahora... ahora se iría con él si él insistía demasiado. Y esto era lo que la aterrorizaba: irse con Arnedo, perder todos sus esfuerzos para ser buena; hacer sufrir a Monsalvat, a ese hombre que la adoraba y había dejado todo por ella; ponerse, otra vez, en el camino de la infamia.

—Pero Nacha... Es preciso luchar. Parecías salvada, y me salvaste a mí. ¿Por qué has de perderte si no querés?

—Será mi destino... ¡Siempre dije que mi destino era ser mujer de la vida! Cada vez que quise entrar en el buen camino la fatalidad me sacó de allí y me perdió. Ahora me parece imposible que yo pueda ser honrada. Todo está contra mí. Ya ves en la tienda... ¡Qué vida aquella!

—¿Y por qué no se lo decís todo a él, a Monsalvat? Te adora, lo arreglará en seguida. Estoy segura de que él puede más que Arnedo. Que lo haga poner preso. Váyanse de esa casa...

—¡Es que no sabés, Julieta! Ese hombre malo de la casa, ese Mauli, sabe mi vida. La ha contado a toda la casa. Por eso me desprecian. Se ríen de mí, me insultan. El encargado me ha dicho una palabra que yo he merecido antes. ¡Y si supieras! Ese Mauli es de la policía, según dicen. Es un espía. Y hoy, al salir de la tienda, lo he visto hablando con el Pampa. Me quedé helada, muerta, en medio de la vereda. Ellos se escondieron. Parecían muy amigos. ¡Quién sabe qué estarían tramando contra mí! He pensado una infinidad de cosas horribles. No hubiera podido irme a casa. Por eso he venido aquí. Quiero estar lejos de esos hombres, de Monsalvat, de mí misma, de todos mis temores. Tengo miedo que pase algo, hoy, mañana, no sé cuándo...

Julieta insistió en que Monsalvat debía saberlo todo.

—No, no es posible. ¿Cómo voy a decirle que soy capaz de irme con el Pampa?