—¿Pero no lo querés a Monsalvat? No te entiendo, Nacha. Antes lo adorabas. Toda la vida hablaste de él con admiración, con fanatismo... Y ahora...

—Ahora lo quiero más que nunca. Lo he visto grande, bueno, perfecto. A mi padre no lo querría más. A Dios mismo no podía quererlo tanto. Pero es amor de hija, de hermana, de amiga, ¡qué sé yo! Ha querido hasta casarse conmigo...

—¿Y por qué no aceptaste, Nacha?

—Por eso: porque lo quiero demasiado. Ha perdido todo por mí. Su posición, su fortuna, sus amistades, su salud. Y yo no puedo consentir en que esto siga así. Él debe volver al mundo, a su mundo, y dejarme a mí entre los de abajo. Una muchacha de la vida como he sido, no tengo derecho a casarme con él, a anularlo para siempre. Si él fué generoso conmigo, yo también quiero ser generosa con él. Si él se ha sacrificado por mí y su sacrificio ha sido inútil, yo debo devolvérselo, obligarlo a que deje una vida sin...

—¿Inútil, Nacha? ¿No somos honradas nosotras? Él te ha cambiado en una mujer honesta, y yo creo que éste es el bien más grande que una puede querer.

Nacha quedó en silencio. Luego se acercó a Julieta y casi al oído le susurró estas palabras, lenta y dolorosamente:

—Seré honesta, sí, pero no soy feliz. Sufro más que nunca. La desgracia me persigue. Mi destino no debe ser esta vida, porque si lo fuese yo estaría contenta y tranquila.

Julieta no quiso continuar con el tema. Y volvió a decir que era necesario enterarle de todo a Monsalvat. Trató de convencer a su amiga y la convenció. Quedaron en que irían juntas a casa de Nacha, después de comer allí rápidamente. Hablarían con Monsalvat, y Julieta aquella noche se quedaría a dormir con Nacha.

Monsalvat, mientras tanto, esperaba ansiosamente la aparición de su amiga. Había llegado de la Policía, y al no encontrar a Nacha en su cuarto se alarmó. Una vecina le dijo que tal vez anduviera buscando casa, porque el encargado "la había puesto en la calle". Monsalvat encontró al encargado allí cerca, en el patio. Hablaron. Era ya de noche. De los cuartos salían olor a comida, arrorrós de una madre que hacía dormir a su hijo, lloriqueos de chicuelos, el bordoneo de una guitarra, las voces de dos viejos que discutían en genovés.

Monsalvat exigía explicaciones al encargado. El sujeto, hasta entonces, fué humilde y adulón para con Monsalvat. Pero ahora, al saber que la policía le llamaba al orden, pretendía imponérsele. Comenzó a acudir público. El encargado no abandonaba sus modos untuosos, y mostraba una actitud de víctima, que parecía justificada por las palabras enérgicas de Monsalvat.