—Señor mío... puede gritar si quiere, insultarme, hasta pegarme. Comprendo que soy un pobre hombre, un hombre modesto, un infeliz. Pero yo... debo obedecer. Y la señora, la respetable dueña de esta casa, una verdadera matrona... aunque el señor lo dude... una persona que es la virtud personificada, no permite en sus propiedades ni... gentes de ideas peligrosas... ni menos... mujeres como ésa...

Al oir el insulto a Nacha, Monsalvat perdió el resto de serenidad que podía quedarle. Apretó los puños, como aprontándose para saltar sobre el hombre.

—Así es que le ruego... señor mío... que nos abandone. Lamentaremos perder su honorable compañía... sí... ¡qué se ha de hacer! Y en cuanto a esa... señorita... le diré, con perdón de las modestas señoras que me escuchan, que no deseamos aquí busconas, es decir...

El coro, ya numeroso, rió a carcajadas. Monsalvat, exasperado, agarró del saco al hombre y le dijo con una voz que temblaba:

—¡Miserable, ya tendrá su castigo...!

Monsalvat no había terminado la frase cuando miró a su izquierda. Quedó rígido. La cara de Mauli, que le miraba sonriendo perversamente, allí, junto a él, le reveló su nulidad y su impotencia. Aquel hombre siniestro era la autoridad, la ley, la fuerza, la razón. Aquel residuo de calabozo era el orden social. Aquel montón de estiércol era el sostén de las instituciones. ¡Era su enemigo hasta entonces oculto y ahora visible, el enemigo de él, que allí representaba la justicia verdadera y la bondad humana!

Ante la palabra de Monsalvat, el encargado no reaccionó. Pareció hacerse más humilde, más poquita cosa. Pero sonreía, con una apenas perceptible sonrisa de infinita perfidia e hipocresía. Con los ojos bajos, y la voz llena de mansedumbre, susurró:

—El señor me ofende... pero yo acepto sus ofensas en castigo de mis culpas. Dios me premiará mi humildad. En cambio, yo no ofenderé al señor. Al contrario, si no se opone, influiré con la respetable señora propietaria para que... para que le pongan al señor un traje muy bonito, le rapen la cabeza y le den unas duchitas frías...

La gente festejó con explosivas risotadas la alusión al manicomio que hacía el encargado. Estimulado por el éxito, el hombre continuó:

—Y a la señorita... digo mal, perdón humildemente, señor mío,... a la princesa del cuarto número veintidós... yo la obsequiaría con... con...